Entre profesionales
de las distintas escuelas psicológicas suele caerse
en una discusión a veces banal y muchas, paradójica.
El eterno dilema tiene forma de pregunta: ¿excluye
el psicoanálisis al cuerpo? El título de
ésta columna tiene un conectivo de conjunción,
y no ciertamente por azar. El psicoanálisis no
puede pensarse sin el cuerpo del analista ni del analizante;
bien se podría sino analizar por teléfono.
Pero hay un cuerpo ciertamente diferente al pensado por
la medicina. La medicina, ya desde sus orígenes,
ha aprendido a interesarse por un cuerpo de órganos,
de células, un cuerpo que se presta, ya muerto,
al servicio de un discurso científico y, ya vivo,
al goce de ese discurso. Si desde la medicina el objeto
de estudio es el cuerpo biológico, desde el psicoanálisis
el cuerpo está atravesado por dos ejes que nada
tienen que ver con el plano de lo Natural: el Lenguaje
y la Sexualidad. El cuerpo es un cuerpo erógeno,
sin instinto, atravesado por la estructura previa del
lenguaje. Y digo previa puesto que, para nosotros, primero
está el lenguaje, luego el sujeto. El cuerpo, como
todo lo que concierne al mundo humano, es una construcción
que hace el sujeto desde su nacimiento. El cuerpo biológico
tiene sexo. En la Naturaleza hay un saber-hacer-con. El
cuerpo, para el psicoanálisis, tiene sexualidad.
No podemos hablar de un saber-natural. No hablamos de
instinto, sino de pulsión. Este esquema aleja al
psicoanálisis de un mero discurso científico
y lo lleva al plano de la Poesía, del Arte. El
sujeto, sujetado al universo simbólico del lenguaje,
es pulsional. Esta pulsión compro- metida con el
descubrimiento Freudiano del inconsciente se expresa en
el momento discursivo a través de la palabra. Como
dirá Lacan: "el cuerpo es un regalo del lenguaje".
El lenguaje queda entramado en la sexualidad y, más
que como herramienta de comunicación, aparece como
un sistema de prohibiciones. La prohibición del
incesto que, como dice Lévi-Strauss, es más
una regla del don que de prohibición, permite la
circulación de hijos, de bienes, de mujeres...
y de palabras. Si decimos que Sexualidad y Muerte son
dos variables propias del ser humano ( los animales no
"saben" sobre estos temas y el humano nada quiere
saber de ellos), debemos pensar que la representación
de estas variables tiene sentido sólo en el espacio
de un cuerpo. Hay un cuerpo que sabe más de lo
que dice y que a ese saber lo representa en forma de síntoma.
La histérica, que podríamos decir "inventó"
el psicoanálisis, bien sabe de eso: hace significar
un cuerpo. Un cuerpo de goce. La "histérica"
dice NO a la medicina, y nos pide a gritos que escuchemos
su síntoma. La medicina, que poco puede decir del
dolor, responde a la demanda del paciente y vía
farmacología, tapa el síntoma y lo antes
posible, para callar al dolor... Callando al dolor, calla
al paciente y las palabras quedan encerradas en ese continente
corporal que hablará de todos modos... En psicoanálisis,
un síntoma tiene estructura de lenguaje. Es, como
un sueño, un fallido, un olvido; un significante
que se está diciendo (y hablo en presente para
quienes creen que el psicoanálisis trata del pasado)
para ser escuchado dentro de una cadena discursiva.. Porque
lo inconsciente no es lo subterráneo, no depende
de la conciencia, no es el subconsciente, no es psicología
profunda. Es lo psíquico real y está en
la cadena del discurso, ese discurso que el analizante
dice sin saber de qué habla y, a la vez, diciendo
lo que no quiere. El psicoanálisis nace cuando
se comienza a escuchar las voces del cuerpo: un cuerpo
atravesado por una sexualidad que se organiza en el sujeto;
que también se construye. Sexualidad que es un
punto de llegada, no de partida. Esta organización
es un acto complejo. Y no hay un saber sobre la sexualidad.
Afirmar un saber, sería alienarse al discurso de
la sexología, o de la pediatría, o de la
medicina en sí. Sería afirmar el instinto.
El dolor que el sujeto trae es un dolor corporal, está
instalado en el cuerpo. Sesión tras sesión
encuentra un espacio de sonoridad subjetivo, único,
que lo atraviesa y lo re-significa. Su síntoma
no es para catalogarlo o buscarlo en un manual clasificatorio.
Es para ser escuchado. Sólo se le pide una cosa:
hable. El Cuerpo, gran reserva de goce y de saber, hace
suyo el discurso de lo inconsciente: cabe a la clínica
psicoanalítica, interpretar los mensajes del cuerpo.
Un cuerpo atravesado de palabras. Y, hay que decirlo,
en el trabajo con los analizantes, debemos tener opciones.
Tampoco se trata de recostar a un sujeto y anclarse a
una teoría que el mismo Freud subvirtió.
Acaso encontremos algunos analistas que usan las herramientas
del dispositivo (el diván, el corte de sesión)
como meras defensas propias; serían incapaces,
por ejemplo, de volver a poner cara a cara a un analizante:
bueno sería que sepamos intervenir desde múltiples
registros. Tenemos la obligación ética de
ser amplios; debemos no caer en fundamentalismos: lo contrario
sería mera religiosidad. No caer en ese pozo oscuro
es un modo de ser sensible con el ser que está
sufriendo; de saberlo autónomo y responsable; esto
es, sujeto y no objeto.
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