Artista
dotado de singular inteligencia, enorme sensibilidad
y profunda intuición; Federico García
Lorca (1898-1936) es un escritor visionario.
Tal vez debido a su formación musical y a sus
incursiones en el dibujo, su escritura (poética
y teatral) apela a todos nuestros sentidos.
Si nos proponemos leer sus poemas viendo las imágenes
en relieve y movimiento en nuestra mente, la palabra
adquirirá una contundencia inimaginada; distinta
de la que se produce cuando solo pensamos en la organización
y el significado verbal.
Un ejemplo que personalmente me resulta fascinante es
el verso:
¡Mira qué orillas
tengo de jacintos!
(Pequeño Vals Vienés, de Poeta en Nueva
York)
Si tomamos el jacinto como
una flor, cualquier flor, el sentido es más ornamental
e indirecto que si visualizamos un jacinto (bulbo que
produce una flor fálica y perfumada); a partir
de allí, las “cintas del vals”, “el
vals”; el “¡Ay, ay, ay, ay!”,
se organizan en un sentido preciso y “literal”
que se diferencia del que surge si “interpretamos”
las imágenes en vez de yuxtaponerlas.
La misma posibilidad nos brindan sus obras teatrales,
en las cuales no es lo mismo lo que se “lee”
prestando atención solo a diálogos y acciones,
que los sentidos que se organizan o disparan si vemos
y escuchamos la escena en nuestra mente teniendo en
cuenta todos los signos y utilizando todas nuestras
funciones sensoriales.
Por ejemplo en el último cuadro de El Público,
el diálogo entre el Prestidigitador y el Director,
cambia si nos centramos en la conversación entre
ambos, o si lo “escuchamos” viendo en nuestra
mente lo que nos indica sobre la escenografía
y la relación espacial y proporcional de ésta
con los cuerpos de los personajes, integrando todos
estos aspectos en un todo; o si la escena I del cuadro
II de la misma obra, la leemos atendiendo al efecto
holofónico que produce la ubicación de
los diálogos en las escenas superpuestas; o si
en La casa de Bernarda Alba, cuando las hijas están
bordando “escuchamos”, integrado a la escena,
el sonido que viene de afuera.
Podríamos continuar
citando ejemplos de mayor o menor complejidad, pero
del mismo tenor, en todas las obras.
Surrealistas y Coetáneos
Si
pensamos el surrealismo como un movimiento emergente
y lo encuadramos dentro de un fenómeno artístico,
social y cultural más amplio veremos que muchos
de los elementos que por simplificación denominamos
“surrealistas” abarcan a otros movimientos
y a artistas que no encajan (por fecha, procedimiento,
adhesión, producción o decisión)
dentro de lo manifestado por André Breton y quienes
suscribieron a él.
Algunos de estos elementos coincidentes refieren a los
límites del entendimiento; a lo concreto o común
y lo abstracto o metafísico contenido en un todo;
a lo simbólico y lo natural; a la consciencia
y lo inconsciente.
En este tipo de expresión podemos encuadrar a
muchos artistas de las primeras décadas del siglo
XX e, inclusive, encontrar antecedentes en siglos anteriores
y rastros hasta la actualidad; en esta nómina,
podemos incluir al propio García Lorca.
El tipo de imagen que construye mediante la contraposición
de espacios entre la palabra y la escenografía
o entre la acción silenciosa (es decir que algunos
personajes realizan cuando no tienen texto) y la hablada
(la acción que esos mismos personajes realizan
mientras dialogan); y que corre el riesgo (o tiene la
posibilidad) de ser interpretada como simple metáfora,
adorno estilístico o licencia de autor; dispara
a una realidad simbólica plasmada en un escenario
concreto a través de una composición que
apela a la vista, el tacto, el oído, lo inteligible
y lo suprarracional y que reúne, por tanto, elementos
disímiles creando grietas en lugares concretos
conocidos hacia espacios simbólicos o significativos.
Como en las imágenes de Magritte, de Max Ernst
o de De Chirico : “la larga cola del agua por
el valle verde” (nana de Bodas de sangre); “el
increíble cocodrilo quieto” (Nocturno de
Brooklyn Bridge de Poeta en Nueva York); el Pastor que
cruza la escena, silencioso y en puntas de pie, llevando
un Niño de la mano durante el sueño de
la protagonista al inicio de la obra (Yerma); la modernidad
que se contrapone, mediante acciones y textos del Sr.
X y del Amigo, a ese interior que se ve en escena y
permanece casi inmóvil e inmutable ( Doña
Rosita la soltera y Así que pasen cinco años);
se nos presentan violentando nuestras lógicas
habituales, invitándonos a permanecer en una
observación silenciosa que reniega de la “explicación”
y convida al “sentido”.
Así, a partir de la comprensión visual,
la obra nos inicia en una experiencia que nos involucra,
gana significación y pierde cripticismo. Observemos,
por citar algunos aspectos, los cromatismos propuestos
para la puesta en escena en casi todas sus obras (por
ejemplo la indicación de los colores en los cuadros
de Bodas de sangre o el blanco y negro fotográfico
de La casa de Bernarda Alba ), el collage creado por
volúmenes, texturas y perspectivas encontradas
sugeridos, mediante el mismo procedimiento, para muchas
otras (como las dimensiones y perspectivas “equivocadas”
en Amor de don Perlimplín o las texturas y proporciones
en las distintas escenografías en que transcurre
Así que pasen cinco años, Bodas de sangre
o El público), las imágenes que los personajes
dicen con sus palabras y crean en sus diálogos
(por ejemplo en la misma La Casa de..... en la cual
los colores y los brillos, ausentes en la escenografía
y el vestuario, se hacen presentes mediante la palabra:
el verde vestido de Adela, el rojo de la sangre del
bebé muerto hallado por los perros, el verde
y amarillo de los campos, la luz de las estrellas fugaces)
o las metáforas que sus personajes pronuncian
y que apelan también a una dirección simbólica
de la acción (como la manera de hablar de sexo
que tienen Yerma y María que, además de
describir el modo en el que cada una realiza el coito
con su marido, alude a la metáfora de la fecundidad
para dejarnos insinuado ya aquí que la metáfora
de la fecundidad no es la maternidad necesariamente).
Es decir que los recursos surrealistas en Lorca son
más plásticos que literarios; ya que no
aparecen por el procedimiento o la forma de la escritura,
sino por la imagen que se organiza en escena, en el
aquí y ahora de la función teatral.
El autor compone con la materia de las artes escénicas,
en un lenguaje teatral que abarca múltiples discursos
(sonido, palabra, ritmo, música o musicalidad;
textura, colores, relaciones espaciales y volúmenes;
expresiones humanas y recursos dramático-expresivos;
discurso narrativo y abstracción).
Así es que nos encontramos con muchos encuentros
de paraguas con máquinas de coser en mesas de
disección en todas sus obras, aún en las
que se presentan en una primera lectura como dentro
del canon de la época o las que, la mayoría
de las veces, se consideran menores, tempranas o sin
terminación. Esto ya nos da una idea de la amplia
concepción poética y teatral del autor.
VISONARIO
Y
es debido a esto mismo que el concepto de visionario
se completa, partiendo de la apelación a la visón;
con conceptos que, mediante estas imágenes, se
desprenden de la lectura de su Obra.
Aquí tenemos algunas de estas ideas: la concepción
del espacio teatral que asoma en El Público al
afirmar que en el teatro debe dejar de existir la organización
de la platea reproduciendo los estratos sociales y que
se debería poner el escenario a la altura del
patio de butacas –que remite a una sala teatral
de las que empezaron a surgir varias décadas
después y que hoy abundan, pero impensable como
concepto de espacio teatral profesional en las décadas
del 20 y 30-; la ruptura del eje cronológico
en la línea narrativa de sus obras y, lo que
es aún más llamativo, del eje dimensional
(la acción se traslada, desnudando dimensiones
superpuestas en los espacios materiales, a dimensiones
interiores de los personajes o a espacios metafísicos),
la consecuente polisemia de su escritura que permite
que la “lectura” de las obras halle múltiples
caminos de realización /interpretación
posible y que remite más a una concepción
de la escritura teatral de décadas posteriores,
el entendimiento de los elementos teatrales como signos
(indicaciones en las didascalias sobre el gestus, el
diseño lumínico, el vestuario, la música
y la escenografía; nos hablan de una comprensión
del hecho teatral que también se anticipa a la
época), y la construcción de un sentido
dramático que trasciende el hilo narrativo, al
articular la totalidad de éstos; testimoniado
por los escritos (reportajes, cartas y alocuciones)
que recogen sus ideas sobre ciertos aspectos teatrales,
entre los que cabe destacar: el rol de director de escena
y el sentido de la actuación, que se salen de
los que se tenían por habituales en las compañías
profesionales de la época que presentaban sus
obras.
En una consideración más amplia; es decir,
excediendo el marco de lo meramente teatral; encontramos
estas otras ideas visionarias: el efecto de la Modernidad
en las costumbres sociales; la ruptura del eje espacio-tiempo
newtoniano-cartesiano, adelantándose así
al pensamiento científico algunas décadas,
y una hermenéutica que apela a la construcción
de una realidad interior, una simbología del
alma y de una realidad ulterior.
¡Y pensar que hay gente que no lee las didascalias!
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