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Cuando comentamos, con algún
amgo, una película, una novela o programa de
TV, una tanda publicitaria, nos encontramos con que
la hemos interpretado de manera muy distinta. Hasta
llegamos a discutir por supuestas diferencias de criterio
y creer que el otro no ha entendido nada.
Parecería obvio decir que las distintas miradas
tienen que ver con los preconceptos y las historias
de cada observador. Y de allí el modo individual
de contar u opinar sobre un mismo hecho.
En definitiva, en todos los casos, la interpretación
surge siempre de una suma de imágenes que resumen
la idea.
Toda la memoria sobre nuestra vida, nuestros recuerdos
sobre lo visto o lo leído y hasta nuestros sueños
suponen acciones y por ende movimientos. Sin embargo,
lo que nos ha “quedado” es una sumatoria
de imágenes, de momentos, de instantes, que de
alguna manera nos resumen esa historia, acontecimiento
o idea que tratamos de reconstruir, para poder retransmitir.
Pero, frente a un recuerdo común, para otro individuo
el resumen no surge de los mismos instantes que para
nosotros. Las confusas imágenes en la memoria,
se combinan de la manera más coherente posible,
pero desde la subjetividad individual.
Si, además, la interpretación, el cuento
o el análisis lo hacemos en base a la observación
de una acción u obra ajena al observador, debemos
tener en cuenta la intención u objetivos propuestos
por el autor de dicho acto.
Aquella despedida en el aeropuerto, aquel accidente
automovilístico ocurrido en nuestras narices,
aquel saludo ocasional de vereda a vereda con un conocido
del vecindario, el momento en que alguien muy íntimo
nos confía sus problemas o aquella fiesta inolvidable
donde observamos bailar a desconocidos acaloradamente,
pueden ser contados a partir del resumen de las acciones
y emociones, que la memoria de cada uno de los “protagonistas”
guarda y ordena.
Este proceso podrá explicarse desde la psicología,
la sociología o incluso la filosofía,
desde sus distintos códigos. En este caso, intento
hacerlo sencillamente desde las vivencias y las experiencias
en el trabajo escénico. Y lo traslado a las otras
artes, buscando así vincular al teatro con todas
las expresiones artísticas que, entiendo, parten
de la concepción, emoción o idea que el
artista intenta comunicar o expresar a través
de su obra.
Tanto en las artes escénicas, como en el cine,
la danza, la música, las artes plásticas,
las expresiones corporales o las literarias, podemos
encontrar instantes que resumen una idea y funcionan
como punto de partida, expresión más acertada
o conclusión para lo que se intenta exponer.
A esa búsqueda de los instantes precisos que
resumen cada una de las ideas que queremos expresar
en el escenario y que -de alguna manera- puedan llegar
a coincidir con las percepciones o imágenes que
el espectador se lleva en su memoria, al terminar la
función, la he llamado caprichosamente, fototeatralidad.
Si bien, el concepto surge de la búsqueda fotográfica
de la escena y del arte fotográfico en si mismo,
me animo a pensar que puede aplicarse o al menos ser
disparador para el análisis de todas las expresiones
artísticas y culturales. La fototeatralidad sólo
busca contar la escena desde otro lado, dar al actor
una nueva herramienta de experimentación y comprensión
de las ideas del autor y encontrarse en aquellos instantes
con la mirada del espectador. Finalmente, intenta aportar
una pequeña bisagra en el vínculo entre
el arte dramático y las distintas expresiones
de la creatividad humana.
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Lic. en Artes y Ciencias del Teatro
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