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El
destino que se canta
El Fado Tradicional de
Lisboa reconoce como origen etimológico la palabra
latina fatum. La traducción de la palabra fado:
hado, encuentra en ambos idiomas (castellano y portugués)
el mismo sinónimo: destino. No se sabe por qué
esta música popular tiene este nombre, pero aquí
tenemos otro caso en el que en el nombre está
el destino.
Se le atribuyen varios
orígenes posibles a esta música, ninguno
comprobado a ciencia cierta. Tiene algunos puntos en
común con las cantigas de amigo de los siglos
XII y XIII, que fueron las primeras canciones de autor,
y que existieron y se desarrollaron como género
lírico-trovadoresco en Portugal y Galicia cuando
eran un mismo reino y compartían la lengua. Estas
cantigas tienen la particularidad de identificar el
paisaje circundante con los estados internos de quien
canta y a la vez describir una acción específica:
Estando en la ermita de
San Simón,
me cercaron las olas, qué grandes son.
Yo, esperando a mi amigo.
Sabemos que quien canta está esperando
al amado, y a la vez en la descripción del comportamiento
de las olas de la ría (*) se describe un estado
interior que se intensifica al incluir en el texto poético
aliteraciones que generan la sensación de los
movimientos del mar.
Hasta aquí, el ejemplo antiguo. Veamos qué
pasa en el fado:
Desperté, tremendo,
acostada en la arena.
Luego, tus ojos me dijeron que no
y el sol penetró en mi corazón.
También en el desarrollo posterior
de esta letra de Barco Negro (escrita a mediados del
siglo XX), encontramos el recurso poético de
la aliteración para generar la sensación
del viento y del mar en la playa que se describe en
este inicio del tema en el cual el paisaje se incrusta
en el cuerpo de quien canta. Y cuando el contexto es
urbano encontramos el mismo recurso de identificación
con los estados interiores:
¿Qué saben
las callejuelas y
la memoria de las ventanas
ancladas al sol poniente?
¿Qué saben los cristales?
Saben de nosotros, amor.
Por eso la Academia del Fado y la Guitarra
Portuguesa nos dice que se trata de compartir emociones
y vivencias. Ningún acontecimiento se encuentra
limitado a la descripción externa, ni tampoco
quien canta está aferrado a su dolor ni fijado
a la idea de que le tendría que haber pasado
otra cosa. Podríamos identificarlo más
con un lamento que con una queja. Existe una conciencia
de la emoción en el devenir de las circunstancias
y de que el asumir la existencia completa implica no
negarse a nada. Como dice un fado contemporáneo,
y muy juguetón:
El fado es como un juego
que Dios inventó inspirado.
Si nos puso en esta vida
fue para jugar al fado.
Otra característica singular de
esta música es que las melodías tienen
nombre propio y se cantan con distintas letras: la pieza
musical es una obra de autor que se transforma al ser
integrada a un poema preexistente o escrito para la
ocasión. En el caso de la citada Barco Negro,
por ejemplo, se estrenó con otra letra, llamada
Mae Preta. Pero esto es una constante en este género
y no un caso aislado, una composición se integra
de manera tal al nuevo poema que se descubren posibilidades
infinitas. Esto, junto con la posibilidad de musicar
letras con diferentes melodías, es otro ejemplo
de las libertades del fado, en el que enunciados musicales
y poéticos concisos y con peso propio se integran
en una totalidad que se modifica permanentemente.
(*) Las rías son cursos de agua interior salada,
ya que son consecuencia de la penetración del
mar en el continente
Características
musicales del fado de Lisboa
Existen
muchas y muy diversas teorías sobre los orígenes
de este cantar portugués. Se habla de influencias
de la música de las colonias de este país
en África y Brasil, de aportes peninsulares antiguos,
árabes e incluso gitano-búlgaros, y probablemente
todas las teorías tengan su parte de verdad.
Lo que sí puede decirse con certeza es que el
fado siguió un camino que es habitual entre los
géneros populares que continúan vivos
en la actualidad: se originó en las capas sociales
inferiores y luego fue absorbido y modificado por la
burguesía y la intelectualidad. Nacido a mediados
del siglo XIX en las callejas y los tugurios de Lisboa,
encontró un lugar puertas adentro donde desarrollarse
al nacer las “casas de fado” en los años
30 del siglo pasado. Estas casas de fado todavía
existen y se multiplican, si bien a mediados del siglo
XX también apareció otro ámbito
para este género musical: los teatros. Manteniendo
siempre su sentido, su contenido, su esencia (prueba
de ello son las diversas grabaciones en vivo de Amália
Rodrigues, algunas en teatros y otras en casas de fado),
esta música se puede escuchar actualmente en
ambos espacios.
En este camino se refleja la evolución
de los elementos musicales del fado: con letra y música
improvisadas en sus comienzos, requería un acompañamiento
armónico simple y predecible que permitiera al
cantante desarrollar en el momento sus versos y melodías.
A fines del siglo XIX algunas estructuras musicales
se fueron consolidando, y la improvisación fue
cediendo espacio a medida que comenzaba a construirse
un repertorio de algunos cientos de canciones tradicionales.
Al respecto, cuenta el multifacético artista
portugués Helder Moutinho: “Hay unas 500
canciones en el fado. Primero fueron los fados clásicos,
que se dividen en mouraría, menor y corrido,
y que no tienen melodía. Luego, los tradicionales,
que son variaciones melódicas a partir de los
clásicos. Y luego llegaron Amália y Armandinho
con sus fados abstractos, y el fado vadio (golfo), el
fado de la calle, desapareció poco a poco”.
Tal vez por su origen improvisado, el fado mantiene
una libertad formal gracias a la que es habitual que
distintos poetas utilicen una misma base musical para
sus versos.
Luiz
Penedo, de la Academia del Fado y la Guitarra Portuguesa,
aporta un ejemplo de la mirada de algunos cultores del
fado respecto de su faceta musical: “Es importante
que el acompañamiento de la viola (guitarra española)
sea hecho de forma apropiada, dentro del mismo estilo
tonal, sin exageraciones de acordes semitonales, forma
moderna de acompañamiento que destruye la simplicidad
y la capacidad de improvisación permanente del
guitarrista*”.
La música, montada sobre un compás
binario de dos o cuatro por cuatro, fue adquiriendo
mayor sofisticación armónica a medida
que intérpretes con formación musical
académica se vieron atraídos por la fascinación
del fado. Sin embargo, aun hoy se prefieren los acordes
llanos, sin las notas agregadas habituales en el jazz;
se mantienen estructuras simples de canción de
una, dos o, en algunos pocos casos, tres partes; no
suele modularse a otras tonalidades, y la cantidad de
acordes usados en un fado es, en promedio, menor que
en las versiones actuales de otros géneros populares
de origen similar.
¿Qué
es lo que hace que el fado se preserve de las influencias
de las armonías y los arreglos del jazz y las
músicas cultas del siglo XX?
El virtuosismo musical del fado no lo posee el que demuestra
habilidades técnicas o recursos compositivos
sofisticados y complejos, sino el que logra transmitir
sin agregados superfluos la resonancia que producen
en su espíritu las palabras del poeta.
El periodista Miguel Mora dice al respecto
que “los fados son muchas veces de una sencillez
melódica que oscila entre lo primitivo, lo elemental
y lo infalible; pero siempre dejan en el aire soberbias
imágenes poéticas, sugerencias llenas
de contención, hallazgos lingüísticos
zumbones, combinaciones de palabras muy sutiles. Es
como si la profundidad del fado fuese forzosa en vez
de forzada”.
También por esto entre jóvenes
intérpretes sigue siendo habitual la formación
tradicional de viola, guitarra portuguesa y voz, a la
hora de construir el clima sonoro apropiado para que
el fado fluya.
La inclusión de otras instrumentaciones
por parte de fadistas podemos escucharla ya en algunas
de las grabaciones de Amália Rodrígues
en las que optaba por una orquestación con cuerdas
y hasta vientos, en vez de su más habitual acompañamiento
tradicional. Algunos artistas actuales, como Misia,
utilizan la orquestación para generar climas
distintos o reforzar el concepto alrededor del que está
armado el disco o el concierto, utilizando cellos, violines,
piano y acordeón. Mariza, para su último
disco convocó al arreglador Jacques Morelembaum
(legendario colaborador de Caetano Veloso en discos/conciertos
como Fina estampa y Circulado), produciendo arreglos
en algunos temas con ciertas reminiscencias jazzeras.
En definitiva, y en palabras de Camané, uno de
los cantantes más importantes del panorama actual,
“lo auténtico sólo se renueva con
cada pequeña aportación de cada intérprete,
siempre que la música sea fado, la interpretación
sea profunda y el espíritu sea fadista”.
(*) Se refiere al intérprete
de guitarra portuguesa.
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