
Frederik Matthias Alexander nació en Tasmania,
Australia en 1869. A los 19 como actor ya estaba especializado
en recitar a Shakespeare. En su momento de mayor éxito,
una ronquera crónica, le impedía realizar
sus actuaciones.
Recorrió médicos
y foniatras buscando una solución. En una oportunidad
cuando le ofrecieron actuar en un recital especialmente
importante acudió una vez más a su médico.
Este le recomendó que no hablara en absoluto
durante los quince días anteriores al recital.
Era una manera de asegurar el reposo total de las cuerdas
vocales tan dañadas. Así lo hizo. Cuando
llegó la noche del recital, al principio todo
fue muy bien, pero poco a poco la ronquera fue apareciendo
y al final del recital se había quedado completamente
sin voz.
Tras los intentos frustrados en encontrar una solución
en la medicina tradicional, comenzó un intenso
trabajo de observación sobre su propia conducta
al recitar y dedujo que su problema se originaba en
algo que el mismo realizaba en el escenario. Con la
ayuda de un es-pejo, en una búsqueda minuciosa
de sus hábitos, observa que antes incluso de
hablar tiraba su cabeza hacia atrás, provocando
una tensión innecesaria en la musculatura de
su cuello y generando como consecuencia la depresión
de la garganta y la contracción de su pecho.
Además, siguiendo las técnicas de actuación
de la época, observó que sus pies se aferraban
como garras al piso, ocasionando en sus piernas una
enorme rigidez muscular.
Así
llegó a una conclusión que cambiaría
su vida: lo que debía hacer era precisamente
"dejar de hacer". Dejar de producir esas tensiones
que le provocaban la pérdida de la voz y que
afectaban no sólo a su aparato vocal sino a todo
su cuerpo. Cuando conscientemente "dejaba de hacer",
es decir, de interferir con el funcionamiento natural
de su cuerpo, este recobraba su equilibrio, coordinación
y libertad. Descubrió algo crucial: la indivisibilidad
del cuerpo y de la mente.
Se da cuenta que esta práctica
tan arraigada sólo podía modificarse si
su cuerpo y su mente se relacionaban clara y armoniosamente.
Alexander descubrió que debía inhibir
la respuesta habitual, haciendo una pausa, pensar nuevas
direcciones musculares en contra del hábito,
lo cual significaba permitir que su cabeza fuera hacia
adelante y hacia arriba, que su espalda se alargara
y se ensanchara, y poder entonces cambiar su patrón
de movimiento, que tan profundamente influía
en su voz.
Decide aplicar lo descubierto en sus actuaciones en
público y entre sus compañeros, transformándose
pronto en un sabio maestro y ganándose el nombre
de "el hombre que respira".
Sus alumnos no sólo experimentan una impronta
en su manera de respirar, sino también en su
actitud general. Su método no solo actuaba positivamente
sobre la respiración sino también en los
demás actos reflejos del ser humano (postura,
digestión, el ritmo del corazón). Esto
implicaba en consecuencia un mejoramiento en el estado
anímico de la persona y un mayor autocontrol
en sus respuestas a los estímulos, tanto en la
vida cotidiana como en las actividades más especializadas.
Alexander viaja a Inglaterra
y a Norteamérica. En Londres funda su escuela,
de donde saldrán los primeros profesores. La
vida del maestro seguirá por siempre ligada al
"dejar de hacer, para comenzar a hacer de otra
forma".
A los 75 padeció un
derrame cerebral que le paralizó medio cuerpo.
Se pensó que su fin estaba ya próximo.
Al cabo de año y medio, "sorprendentemente"
esta condición era prácticamente inapreciable.
Había recuperado la movi-lidad de su cuerpo y
la lucidez de sus ideas. Siguió dando lecciones
hasta dos semanas antes de morir, cuando contaba ya
con 86 años.
Una clase de la técnica
Alexander
En una clase
de técnica Alexander, el profesor utiliza
sus manos como parte importante para determinar
si existe demasiada tensión muscular o
muy poca tal vez, en dónde, y si las articulaciones
están libres. Observa atentamente si la
persona posee hábitos posturales que pueden
resultar dañinos para el natural funcionamiento
de su organismo.
Sencillas demostraciones e instrucciones verbales
como sentarse y levantarse de una silla, acostarse
en el suelo o sobre una mesa, gatear, caminar,
son formas prácticas y simples de reeducarnos
para movernos holísticamente, más
natural y libremente. |
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