Cuando aceptamos
juntarnos con otras personas a producir un objeto teatral,
personas a las que pasaremos a odiar, amar, idealizar,
pensar en matarlas, ignorar, tener todo tipo de fantasías
sexuales, tenemos que admitir que estamos desesperados,
que la angustia es insoportable y que cuando estuvimos
solos nos visitó la muerte.
Si no admitimos eso, la gran ola de la frustración
pasará por arriba nuestro y quedaremos otra vez
solos pero con la muerte manejando el control remoto
y sin guita para pagar el cable.
La teatralidad está entonces cuando se produce
el encuentro, en verdad no hace falta nada más.
Se me ocurre que estaría bueno hacer una obra
así con gente que se encuentra cómo se
encuentra en ese momento, vestida así con los
objetos que tengan a mano. Una persona vestida tiene
la posibilidad de desnudarse. Cómo lo haga puede
producir teatralidad, esa persona puede decir lo que
piensa y mientras dice que dice la verdad estar mintiendo
o mientras miente se miente y dice la verdad.
Encontrarse para producir teatralidad o sea un objeto
otro, con los cuerpos, con sus intensidades, sus ritmos,
como objetos productores de dramaturgia, productores
de sentido es ya un hecho estético y por lo tanto
político.
Puede ser relevante o no, puede trascender la mediocridad
imperante de una cultura perversa de la que nos compadecemos,
la que defendemos con nuestros cuerpos o transformar
esos cuerpos en formas fugando sin tiempo, viviendo,
produciendo teatralidad.

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