Hay
luz en la noche. Han subido los escalones de piedra pulida
por el uso y, ahora, bajo los sólidos arcos del
techo bajo, los monjes cantan. En la hora del nadir, en
el centro de la oscuridad y a una enorme distancia del
día por venir, leen cantando la Escritura y meditan
sobre ella por medio de la música. Cantan los textos
dispuestos para esa ocasión, que, junto a todas
las que le siguen en el círculo del año,
está en un punto preciso en la historia de la salvación
humana, en la historia del Cristo que fue hombre y que
es luz para las naciones, luz del mundo.
En el centro de la noche, el canto gregoriano resuena
con mansedumbre. Quienes cantan están vigilantes
y esperan el alba; sin miedo. Cuando se insinúe
la primera borrosa claridad en el Este, el canto hablará
de ella, la visión cierta de la divinidad derramándose
por la tierra Así, cada uno de estos portales del
día, -la salida del sol, la mañana, el mediodía,
el atardecer- son investidos por el canto con un significado
cósmico, de manera que la alabanza y la plegaria
son continuas. El canto celebra al Creador en el ciclo
natural que es su manifestación: Oh, Sabiduría,
que brotaste de la boca del Altísimo, abarcando
de uno a otro confín, y que dispusiste todas cosas
con fortaleza y suavidad; ven a enseñarnos el camino
prudente.
Y también: Tuyo es el cielo, y tuya la tierra;
el orbe del mundo y su plenitud, Tú los fundaste.
Justicia y juicio son los basamentos de tu trono.
Desde su nacimiento en el siglo ocho, el canto gregoriano
ha sido herramienta de ejercicio espiritual y vehículo
de conocimiento para millones de hombres del Occidente.
Hablando de espiritualidad en este siglo, estamos habituados
a evocar prácticas orientales y no las del hombre
medieval europeo, del que, lo prefiramos o no, nos llega
una buena parte de nuestra manera de vivir y de concebir
la realidad. Ocurre que para el hombre medio, en la Iglesia
Católica actual este espesor espiritual se ha adelgazado
hasta hacerse imperceptible.
Pero, uno se pregunta, ¿puede hoy un habitante
de la ciudad acceder a los caminos devocionales del cristianismo
primitivo? ¿No estamos tremendamente lejos, y separados
sin remedio, de un tipo de experiencia humana como la
que se narra más arriba?
No, no estamos. Poseemos, milagrosamente, el canto gregoriano.
Y gracias al celo y el esfuerzo de algunos estudiosos
que trabajan desde hace poco más de cien años,
unos en monasterios y otros en universidades, no tenemos
restos, despojos que sobrevivieron, sino un cuerpo completo
y magnífico de música y textos, esencialmente
el mismo que crearon los monjes medievales.
Cómo y cuándo
Podemos imaginar a la Iglesia Cristiana de Occidente,
hacia el año quinientos, en un estado arcádico.
Liturgias locales florecían en distintas zonas
de Europa, cada una con su Rito, su ceremonial y su
música. Hoy conservamos preciosos testimonios
de algunas de esas antiquísimas músicas
litúrgicas, como las de Milán, Benevento
y Roma. Aún no existía el gregoriano.
Fue justamente Roma y su liturgia la que llegó
a ocupar, en el siglo siguiente, un lugar preeminente
entre sus pares. Su éxito misionero fue tal,
que por esta época las islas británicas
habían abandonado la antigua liturgia irlandesa
y adoptado los usos de la iglesia romana. No resulta
extraño, entonces, que cuando la incipiente dinastía
de los francos que culminaría en Carlomagno busque
la alianza con la Iglesia, se dirija al Papa de Roma.
En vida de Carlomagno y de su padre Pipino, libros y
cantores especializados fueron importados desde Roma
al territorio franco; y allí, dos repertorios
y dos estéticas, la de los romanos y la de los
francos, se fundieron para producir lo que hoy llamamos
gregoriano.
Un disco cualquiera
Si alguien gusta hoy de escuchar música antigua,
es posible que su colección de discos comience
con algunos de gregoriano. Ciertamente los coloca en
un lugar razonable. Pero hay un par de cosas que distinguen
a este repertorio de los otros. Para empezar, el gregoriano
es la música más antigua que puede hoy
ejecutarse como un conjunto completo de obras, y no
meramente como curiosidad arqueológica; de hecho,
con el gregoriano comienza la historia de la música
occidental, porque con él se creó la escritura
musical. Fue la necesidad, en época de Carlomagno,
de instaurar el flamante repertorio Franco-Romano (gregoriano)
en todo el imperio, la que exigió el nacimiento
de las primeras y diversas formas de la escritura musical;
algunas de ellas muy bellas, y todas, en principio,
diseñadas para trasmitir ritmos precisos y notas
ornamentales que hoy asociamos primariamente con las
maneras del canto oriental. En contraste con esta refinada
información, la altura de los sonidos no se trasmitía
en forma escrita; las melodías (cientos y cientos
de piezas) eran retenidas de memoria y enseñadas
en forma oral a la generación siguiente.
También en su supervivencia en el tiempo el canto
gregoriano es un fenómeno único en la
música de occidente.. Ningún otro repertorio
atravesó mil doscientos años siendo interpretado
día a día sin interrupción. Variado
y modelado por la influencia cambiante de las épocas,
siguió siendo, no obstante, gregoriano; hasta
que en el siglo veinte las investigaciones lo restauraron
en su forma pura y original.
Hoy
Creado como música litúrgica o mejor,
como la misma liturgia expresada por medios musicales,
el gregoriano es un arte concentrado, de una enorme
economía. Necesita tan sólo de la voz
humana. Una vez que se cuenta con ese medio, un mundo
de exploración estética y espiritual se
abre para nosotros. Ni siquiera, como en el caso del
sakuhachi japonés, es preciso una técnica
trascendente, ya que el gregoriano fue creado, en gran
medida, como canto comunitario. Y también es,
en su acepción más llana, música
con una función: nada hay de caprichoso en el
canto. La alabanza, la plegaria están dispuestas
para cada día del año en textos y músicas
siempre diferentes y, sin embargo, conectados entre
sí. De manera que al recorrer el año litúrgico,
se vive y se reflexiona sobre los misterios centrales
de la fe, sobre la vida histórica del Cristo
y su obra de Salvación, sobre el diálogo
entre Dios y sus criaturas, que sigue modelando el mundo.
Hoy tenemos la posesión de este tesoro, aunque
la sabiduría secular de los cantores medievales
se recibe con indiferencia. Es decir, estamos apartados
de la práctica espiritual que nos es más
afín, y nuestra necesidad cierta de esta dimensión
humana nos lleva a interesarnos por prácticas
más lejanas. La iglesia oficial respeta el gregoriano
pero ya casi no lo usa. Pero todos nosotros podemos
hacerlo, escuchando o cantando, porque está ahí,
porque es nuestro; es decir, de cada uno y de la entera
humanidad.
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